CALABAZAS Y PRODUCCIÓN ARTESANAL. LAS URDIMBRES DETRÁS DE UNA PROPUESTA DE REACTIVACIÓN DESDE ONG CETSUR

Desde el año 2016, ONG CETSUR ha desarrollado una propuesta de trabajo centrada en la recuperación de la calabaza, en tanto repertorio del patrimonio agrario campesino del Valle del Itata, en la Región de Ñuble. Esta intervención se enmarca en una apuesta institucional que aspira a la restauración de los territorios rurales, desde una perspectiva de la sustentabilidad, el fortalecimiento de la vida y el Buen Vivir.

El supuesto principal que ha sostenido este trabajo propone que, a través de la recuperación de un cultivo tradicional como la calabaza, -que forma parte de los repertorios agrícolas tradicionales de connotación patrimonial y que por décadas vio interrumpida su continuidad en el paisaje campesino-, es posible acercarse a la restauración de modos de vida sostenidos por conocimientos que se inscriben en la memoria y en los ciclos estacionales de la Tierra. Valiosos saberes que dan vida y sentido a una forma de comprender la existencia humana en diálogo con el mundo natural, desapegada de lógicas productivistas que en las últimas décadas han desmantelado y pauperizado al mundo rural campesino.

Ciertamente, este trabajo se inscribe en un contexto de suma urgencia, que llama de manera imperante a la implementación de procesos de salvaguardia de la herencia biocultural contenida en materialidades que están en claro riesgo de desaparición, siendo su fragilidad el reflejo de la vulnerabilidad misma de los territorios que la han albergado por cientos de años.

De manera concreta, las apuestas metodológicas han apostado por procesos participativos de recuperación de memorias locales en relación a este fruto, y el trabajo colaborativo entre campesinas/os y equipos interdisciplinarios para la generación de diálogos que abran posibilidades para su reactivación, poniendo atención a sus semillas y procesos de cultivo, al secado, a su tratamiento y uso, así como a sus posibilidades de transformación en tanto artesanía.

El proceso de recuperación de la calabaza ha arrojado hasta ahora logros y hallazgos significativos en varias direcciones. Uno de ellos refiere a su diversidad agrícola, a través del rescate de distintos ecotipos de calabazas que persisten en el territorio, y que han visto trastocados sus ciclos de cultivo debido a la inserción de materiales desechables de bajo costo: primero el vidrio y luego el plástico. Para ello, se ha optado por la implementación de experiencias de investigación/acción con campesinas/os de las localidades de Quirihue, San Nicolás y Coelemu, con quienes se han organizado y reproducido diversos ciclos productivos. Del mismo modo, se buscaron colectivamente estrategias de mejoras e innovación para la reproducción del fruto y su secado, desde la mirada agroecológica, que permitieran la obtención de frutos nobles. Por otro lado, la dimensión artesanal del proceso desarrolló una exploración profunda que se preguntó por los usos y sentidos, tradicionales y actuales, de la calabaza en el territorio, enfrentando un desafío no menor en torno a sus posibilidades de diseño y comercialización artesanal.

El proceso emprendido es sin duda un camino de largo aliento. Hasta ahora podemos concluir que, para revertir las dinámicas de degradación ecosistémica es de vital importancia activar procesos patrimoniales campesinos, entendidos como campos de construcción y resignificación del acervo cultural de conocimientos y formas de vida, que nos acerquen desde allí a un mejor vivir. Para que ello ocurra, es indispensable la reconexión con paradigmas de producción agrícola centrados en la agroecología como alternativa cierta, que cuenta con una base social, cultural y productiva sustentada en la agricultura familiar campesina.

Entre los aprendizajes de esta etapa, observamos que la recuperación del sentido de los oficios tradicionales, comprendidos desde la cosmovisión que los significa y les proporciona un lugar de prestigio en la comunidad, explica la relación entre el oficio, el/la oficiante y las materias primas con las que desarrolla su labor. Por otra parte, prestar atención a los entornos ecológicos que sostienen a estos saberes, permite comprender también la profundidad del diálogo y equilibrio entre mundo natural y comunidades humanas, en tanto requisito de sustentabilidad.