PROYECTO “CANASTA DE LA PUEBLA A LA MESA”, UNA NUEVA EXPERIENCIA MÁS ALLÁ DE COMERCIALIZACIÓN ONLINE EN TIEMPOS DE COVID-19

Para el 2020 los esfuerzos de ONG CETSUR Araucanía, estuvieron enfocados en relevar el rol de las AgroCulturas en la sostenibilidad de las economías locales y el patrimonio agroalimentario de los territorios en situación de crisis sanitaria generada por el COVID-19. Retomamos el concepto de la “Puebla”, reconocido como el espacio en donde se sostiene y reproduce la soberanía alimentaria de los pueblos campesinos e indígenas, para presentar un proyecto al Ministerio de Desarrollo Social y Familia, a través del Fondo de Iniciativas para la Superación de la Pobreza, Línea Fundaciones y Corporaciones, “Chile Compromiso de Todos”. Así nace el proyecto “Canasta de la Puebla a la Mesa: patrimonio agroalimentario y comercialización online en tiempos de COVID-19” y, para implementarlo, establecimos relaciones con las Mesas de Mujeres Rurales de las comunas de Los Sauces, Lumaco, Nueva Imperial, Carahue, Saavedra, Toltén, Teodoro Schmidt y Pitrufquén. A continuación, queremos compartir con Ustedes la experiencia vivida en estos seis meses de resiliencia, no solo de las mujeres rurales que participaron y sus organizaciones, sino también del equipo técnico en el desarrollo de un proyecto 100% online.

Al inicio, en el mes de septiembre, la comercialización era el eje central de la iniciativa, para ello se conformó un Equipo Gestor de 3 socias de las Mesas que serían nuestro nexo online con el resto del Equipo Proveedor de la Canasta, marcando el inicio de una nueva forma de relación basada en la virtualidad y no la presencialidad a la que estábamos habituados. Emprendimos entonces un camino de seis meses, con muchas más incertidumbres que certezas para “armar las canastas”, lentamente les fuimos incorporando sus productos: 1 kilo de confianza, 1 kilo de solidaridad, 1 kilo de trabajo en equipo, 1 kilo de esperanza y 1 kilo de incredulidad. Comenzamos a mirar la fragilidad en que nos movíamos, en un escenario que permanentemente nos obligaba al aislamiento social entre nosotros y entre el campo y la ciudad, fuimos evaluando la pérdida de la autonomía económica de las socias de las Mesas con el cierre de los mercaditos y ferias locales y como la desigualdad, en el acceso a una buena conectividad, nos impedía dialogar de manera efectiva.

Llegó diciembre y, en el camino del armado, pasamos por crisis familiares y organizacionales. El stress del aislamiento social hacia mella en las socias, la violencia intrafamiliar se daba pero no se conversaba, los buses por las medidas sanitarias no llegaban al campo, los insumos para producir agroelaborados se encarecieron o simplemente ya no había stock en sus comunas ni en Temuco, pero principalmente el COVID-19, del cual se sentía resguardadas en sus casas comenzó a rondar a sus familias, algunas perdieron padres, hermanos, tíos y socias. Se sumaron a ello conflictos organizacionales por los cuales atravesaron las Mesas generados por diversas razones como la imposibilidad de establecer un mecanismo de comunicación eficiente a través del whatsapp. Nos fuimos dando cuenta que habíamos perdido el sentido de lo “comunitario” y de la “solidaridad” dando paso al “individualismo”, porque no era la mismo “tener un espacio común para vender, que vender unidas”. Así, tomamos la decisión conjunta de seguir “con las que quieran”, con las que asumieron que no era “una canasta para cada una vender sus productos a sus clientes”, sino un proceso de armado conjunto, en donde todas debíamos dar algo de lo nuestro para, finalmente, construir un producto único entre todas.

Con la canasta a medio llenar nos llegó el 2021. Comenzamos a mirar la huerta con nuevos ojos y a darle el valor que representaba para la alimentación y la economía familiar; entablamos conversaciones sobre soberanía alimentaria, le agregamos entonces a la canasta 1 kilo de productos identitarios de los territorios de las Mesas y 1 kilo de un menú con identidad local que, así como permitió a las socias reencontrarse en torno a su preparación, también permitiera reunir a la familia en torno a la cocina y la mesa. Así, fuimos reivindicando los saberes y sabores de la ruralidad en torno al patrimonio agroalimentario y la culinaria tradicional.

Llegó enero para terminar de llenar y vender la canasta, con 1 kilo de productos de temporada propios de cada territorio, producidos en torno a procesos agroecológicos en las Pueblas de las socias. Sus verduras, frutas, hierbas medicinales y agroelaborados, le dieron forma y color a la caja, que en un inicio nos parecía linda “pero grande” para llenar. Le agregamos 1 kilo de aprendizaje en el manejo de herramientas digitales para realizar la difusión a las y los clientes, de la guarda de semillas, del secado de hierbas medicinales, de la preparación de Probióticos y, en especial, del resguardo de las medidas sanitarias contra el COVID-19 para su autocuidado y el de sus clientes.

Llegamos a febrero, y agregamos a la canasta 1 kilo de agradecimientos a las mujeres rurales por abrir las puertas a su Puebla, de sus bosques y, en especial de sus huertas, para compartir con nosotros una parte de la comida de sus familias junto con sus saberes y haceres que, finalmente, llenaron la canasta no solo con productos de temporada con un sabor y color distinto, sino con una parte de su cultura e identidad, compartiéndolo con una urbanidad que muy poco ha sabido valorar el trabajo de las Agroculturas y en particular de las mujeres rurales, en la sobrevivencia de la biodiversidad y la soberanía alimentaria del planeta en el pequeño espacio de la huerta.

Esperamos que hoy la amenaza que vivimos por el COVID-19 nos lleve a reflexionar sobre cuál es el tipo de mundo que queremos construir, en donde la preservación de la tierra, del agua y de las semillas deben dejar de ser una demanda solo de las AgroCulturas, sino también de todas las culturas como parte del patrimonio colectivo de los pueblos.